“La Educación Prohibida”: una película para replantearse la educación de nuestros chicos y chicas

En ocasiones, los padres delegamos en los maestros la “educación” de nuestros hijos, sin saber lo que estamos haciendo

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A menudo, sometidos a las tensiones del día, olvidamos de forma parcial, o total, nuestras obligaciones educativas para con nuestros hijos.

 

Alguien dijo una vez “tener un hijo no te convierte en padre, de la misma forma en que tener un piano no te convierte en pianista”. Y de eso se trata: de saber “tocar” a nuestros hijos, de estar en contacto con sus inquietudes, sus miedos, sus dudas, sus pasiones, sus ideas y opiniones. Muchas veces nos obsesionamos tanto con “hacerles obedecer”, que no sólo no logramos obediencia, sino que provocamos rechazo.

 

Confundimos la disciplina, el autocontrol y el respeto con la obediencia ciega a las normas. Y los niños, como las sociedades, cuando les exiges obediencia sin explicar los motivos, se rebelan.

 

Esta es, en mi opinión, una de las ideas subyacentes más importantes de esta película-documental llamada La Educación Prohibida.

 

El concepto, de forma muy general, es el siguiente: hoy en día, no existe la “educación” obligatoria, sino la “escolarización”, toda vez que se priorizan unos determinados contenidos para unos determinados objetivos laborales y sociales en los que el alumno no pinta nada y que, consecuentemente, no le interesan en absoluto.

En ningún momento se le pide al alumno la opinión sobre nada, ni se le enseña a pensar de forma crítica. Lo importante no es saber llegar a una conclusión, sino recordarla tal como te la explican sin ponerla en duda. Esto, no es difícil verlo, genera masas sociales adultas fáciles de dirigir y pacificar. Estamos, todos nosotros, acostumbrados a obedecer.

 

Y nos cuesta mucho encontrar la felicidad en una vida que se torna más y más complicada conforme más mayores nos hacemos.

El film ofrece respuestas y soluciones, pero sobretodo, pone sobre la mesa un debate necesario

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Estas conclusiones, que se obtienen fácilmente de esta película, nos obligan a reflexionar, ya que al mismo tiempo que nosotros envejecemos, nuestros hijos crecen y se preparan para pasar por millones de situaciones distintas que tendrán que afrontar solos.

 

Las preguntas que surgen son evidentes. ¿Lo estamos haciendo bien? ¿Por qué obligar? Si los niños, cuando son pequeños, son una fuente inagotable de curiosidad pura, si todo lo quieren aprender, ¿qué es lo que hacemos mal? ¿En qué momento les quitamos las ganas? ¿Cómo es posible que la escuela se convierta en un lugar donde, muchas veces, nuestros hijos no quieren ir?

 

La película reflexiona entorno a estas cuestiones a lo largo de dos horas y media muy llevaderas gracias a su ritmo y sus cambios entre la muy lograda dramatización, y las entrevistas a más de 90 profesionales del mundo entero (especialmente Hispanoamérica y España). Hablan profesores, teóricos, padres y madres, educadores… todos ellos con un pedacito de verdad que contrastar.

 

Y todos ellos con la misma pregunta que deberíamos hacernos, en serio, en el momento en que somos padres o madres: ¿cómo educar a nuestros hijos?

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